Cuando la violencia deja de sorprendernos

Durante los últimos días, España ha sido testigo de unas imágenes que han generado indignación en todo el país.
En Moguer (Huelva), un grupo de cuatro niñas de apenas 12 años agredió físicamente a otra menor mientras una quinta grababa la escena con un teléfono móvil. La agresión, difundida posteriormente en redes sociales, mostraba puñetazos, patadas, tirones de pelo, insultos y risas. En uno de los vídeos puede escucharse a una de las agresoras decir: «Espérate que vamos por partes, no te vayas que terminas peor.»
La Guardia Civil identificó rápidamente a las menores implicadas y remitió las diligencias a la Fiscalía de Menores. Paralelamente, también se investiga la difusión de las imágenes, recordando que compartir vídeos de menores constituye una grave vulneración de su derecho a la intimidad y puede tener consecuencias legales.
Pero, más allá de la investigación judicial, este caso ha abierto un debate mucho más profundo.
¿Cómo es posible que niñas de apenas doce años sean capaces de ejercer este nivel de violencia?
¿Cómo puede alguien reír mientras otra persona está siendo humillada?
¿En qué momento comenzamos a normalizar que grabar una agresión sea casi tan habitual como intervenir para detenerla?
Y quizá la pregunta más incómoda de todas:
¿Estamos llegando demasiado tarde?

No son «niños siendo niños»
Cuando ocurre un caso como este, suele aparecer una respuesta casi automática.
«Son cosas de niños.»
«Todos hemos tenido peleas en el colegio.»
«A esa edad no saben lo que hacen.»
Sin embargo, la evidencia científica lleva décadas demostrando que el bullying está muy lejos de ser un conflicto normal del desarrollo.
El investigador noruego Dan Olweus, considerado el mayor referente mundial en el estudio del acoso escolar, definió el bullying como una conducta agresiva intencionada, repetida en el tiempo y caracterizada por un desequilibrio de poder entre quien agrede y quien sufre la agresión (Olweus, 1993).
Esta definición es importante porque muchas veces confundimos violencia puntual con acoso escolar. Una discusión entre dos compañeros. Un empujón aislado. Un insulto durante una pelea.
Todo ello puede ser una agresión y debe abordarse, pero no necesariamente constituye bullying.
Para hablar de bullying deben aparecer tres elementos fundamentales:
- Existe intención de hacer daño.
- La conducta se repite o existe una amenaza creíble de que continuará.
- La víctima tiene dificultades para defenderse debido a una desigualdad física, psicológica o social.
Como recuerda Save the Children, la violencia entre iguales puede adoptar muchas formas: agresiones físicas, insultos, humillaciones, exclusión social, difusión de rumores, amenazas o acoso sexual. En los últimos años, además, muchas de estas conductas continúan después de salir del colegio gracias a los teléfonos móviles y las redes sociales.
La consecuencia es devastadora. Antes, el timbre del final de las clases suponía un descanso. Hoy, para muchos niños, la violencia les acompaña también hasta casa.
El problema no empezó el día de la agresión
Existe otro error muy frecuente cuando analizamos casos como el de Moguer. Pensamos que todo comenzó el día en que apareció el vídeo. Pero la psicología nos dice algo muy distinto. Las conductas violentas no aparecen de la noche a la mañana. Ningún niño nace disfrutando del sufrimiento de otro. Ningún niño nace creyendo que humillar a un compañero le hará más fuerte. Ningún niño nace pensando que grabar una agresión merece un aplauso. Las conductas agresivas se aprenden.
Y, como cualquier aprendizaje, se construyen poco a poco.
El psicólogo Albert Bandura, uno de los autores más influyentes de la psicología contemporánea, demostró hace décadas que gran parte de nuestra conducta se adquiere mediante la observación. Aprendemos viendo cómo actúan las personas que nos rodean y, sobre todo, observando qué conductas reciben recompensa y cuáles no (Bandura, 1977).
Un niño aprende muchísimo más de lo que observa que de lo que le decimos. Si presencia insultos constantes. Si crece viendo cómo los conflictos se resuelven mediante la agresión. Si escucha comentarios despectivos hacia otras personas. Si descubre que humillar a alguien genera risas, popularidad o aprobación del grupo. Su cerebro empieza a incorporar esa información como una forma posible de relacionarse con el mundo.
Esto no significa que toda familia con un hijo agresor sea una familia violenta.
La realidad es mucho más compleja.
Los aprendizajes también proceden del grupo de iguales, de internet, de las redes sociales, de determinados creadores de contenido, de videojuegos, de modelos culturales y del propio clima escolar. Por eso reducir el problema a «unos padres que educaron mal» simplifica una realidad que es mucho más amplia. Porque, cuando varios menores participan en una agresión y otros tantos la observan sin intervenir, probablemente no estamos hablando únicamente de un problema individual.
Estamos viendo el reflejo de un problema colectivo.
¿Sabías que…?
La UNESCO estima que casi uno de cada tres estudiantes en el mundo ha sufrido bullying en algún momento de su vida escolar. Además, quienes experimentan acoso presentan un mayor riesgo de ansiedad, depresión, abandono escolar y problemas de salud mental que pueden mantenerse durante la edad adulta.

Cuando toda una sociedad mira hacia otro lado
Quizá una de las imágenes más inquietantes del caso de Moguer no fue únicamente la agresión. Fue que alguien decidiera sacar el teléfono.
Pulsar «grabar».
Mantener la cámara enfocando. Y después compartir el vídeo. Vivimos en una época en la que muchas experiencias parecen no existir hasta que se publican. La violencia tampoco ha escapado a esa lógica. Las redes sociales han cambiado profundamente la manera en que los niños y adolescentes viven el acoso. Ya no basta con humillar. Ahora también puede buscarse audiencia. Y cuando la violencia obtiene visualizaciones, comentarios o viralidad, el riesgo de deshumanizar a la víctima aumenta enormemente.
No es casualidad que organizaciones como UNICEF adviertan que el ciberacoso se ha convertido en una de las formas de violencia que más preocupan actualmente. La posibilidad de que una agresión permanezca online, pueda compartirse miles de veces y alcance a personas desconocidas multiplica el impacto psicológico sobre quien la sufre.
Porque una agresión física puede terminar.
Pero un vídeo viral puede perseguir a una víctima durante años.
Las secuelas invisibles del bullying: las heridas que no siempre se ven
Muchas personas recuerdan el bullying como una etapa desagradable que, con el tiempo, termina olvidándose.
«Ya pasará.»
«Cuando cambie de curso estará mejor.»
«Son cosas de niños.»
Sin embargo, la evidencia científica cuenta una historia muy diferente. El bullying no es únicamente un problema escolar. Es un problema de salud mental. Y, en algunos casos, también de salud física. Las consecuencias no terminan cuando acaba el recreo ni desaparecen al cambiar de colegio. Para muchos niños y adolescentes, el acoso deja una huella que continúa años – e incluso décadas – después de que cesen las agresiones. No hablamos únicamente de tristeza. Hablamos de un proceso que puede alterar la forma en que una persona entiende el mundo, se relaciona con los demás y se percibe a sí misma.

El cerebro no distingue entre una amenaza física y una amenaza social
Para entender por qué el bullying deja secuelas tan profundas, primero debemos comprender cómo funciona nuestro cerebro. Desde un punto de vista evolutivo, el ser humano siempre ha dependido del grupo para sobrevivir. Durante miles de años, ser rechazado o expulsado de la comunidad podía significar un enorme riesgo para la supervivencia. Por eso nuestro cerebro interpreta el rechazo social como una amenaza real.
Cuando un niño es humillado, ridiculizado o excluido de forma repetida, su organismo activa el sistema de respuesta al estrés. Se liberan hormonas como el cortisol y la adrenalina, preparando al cuerpo para responder a un peligro.
El problema aparece cuando esa situación deja de ser puntual.
Si un niño vive con miedo constante a volver al colegio, a recibir un mensaje humillante o a convertirse nuevamente en el blanco de las burlas, ese sistema permanece activado durante demasiado tiempo. Es como mantener una alarma sonando durante semanas o meses. Con el tiempo, esto puede afectar a la regulación emocional, la atención, el sueño, la memoria e incluso al desarrollo cerebral (Shonkoff et al., 2012). No es una exageración. Es biología.
Las consecuencias van mucho más allá de la tristeza
El bullying afecta prácticamente a todas las áreas del desarrollo.
Salud emocional
Las víctimas presentan una mayor probabilidad de desarrollar:
- Ansiedad.
- Depresión.
- Ataques de pánico.
- Baja autoestima.
- Sentimientos persistentes de vergüenza.
- Culpa injustificada.
- Desesperanza.
Numerosos estudios muestran que estas dificultades pueden mantenerse incluso años después de finalizar el acoso.
En otras palabras:
El bullying termina.
Pero sus efectos muchas veces no.
Salud física
Pocas personas relacionan el acoso escolar con problemas físicos.
Sin embargo, el estrés prolongado puede manifestarse mediante:
- Dolores de cabeza frecuentes.
- Dolores abdominales.
- Alteraciones del sueño.
- Fatiga constante.
- Problemas gastrointestinales.
- Disminución de las defensas del organismo.
Muchos niños comienzan a «ponerse enfermos» precisamente los días de colegio.
No porque quieran llamar la atención.
Sino porque su cuerpo está expresando un sufrimiento que muchas veces todavía no saben explicar con palabras.
Rendimiento académico
Cuando un niño vive pendiente de protegerse, aprender deja de ser la prioridad del cerebro.
Resulta muy difícil concentrarse en matemáticas cuando toda tu energía está destinada a intentar pasar desapercibido.
No es extraño que aparezcan:
- Descenso del rendimiento escolar.
- Falta de concentración.
- Evitación del colegio.
- Absentismo.
- Abandono de actividades que antes disfrutaba.
Muchas veces el problema no es que el niño haya perdido interés por aprender.
Es que ha dejado de sentirse seguro.
Y ningún cerebro aprende bien cuando vive en alerta permanente.
Relaciones personales
Una de las secuelas menos visibles aparece mucho después. Algunos niños aprenden que relacionarse con otras personas implica un riesgo. Que confiar puede acabar en traición. Que destacar puede convertirte en un objetivo. Que ser uno mismo puede salir caro.
Con el paso del tiempo esto puede traducirse en:
- Dificultades para crear vínculos.
- Miedo al rechazo.
- Necesidad constante de aprobación.
- Hipervigilancia en situaciones sociales.
- Aislamiento.
- Problemas para poner límites.
Muchas personas adultas que hoy sienten un miedo intenso a ser juzgadas no relacionan esas emociones con experiencias de acoso sufridas años atrás.
Pero la conexión existe.
¿Sabías que…?
Diversos estudios longitudinales han encontrado que quienes sufrieron bullying durante la infancia presentan un mayor riesgo de desarrollar trastornos de ansiedad, depresión e incluso dificultades laborales y sociales durante la adultez. Las consecuencias pueden mantenerse mucho tiempo después de que las agresiones hayan terminado.

El daño más profundo ocurre en silencio
Existe una consecuencia especialmente dolorosa. La pérdida progresiva de la propia identidad. Al principio, un niño puede pensar:
«Se están metiendo conmigo.»
Pero cuando las agresiones se repiten durante semanas, meses o incluso años, esa idea empieza a transformarse.
«Quizá tienen razón.»
«Quizá soy raro.»
«Quizá nadie quiere estar conmigo.»
«Quizá el problema soy yo.»
Este cambio es devastador porque el acoso deja de sentirse como algo que ocurre. Empieza a sentirse como algo que uno es.
La psicología cognitiva explica que las experiencias repetidas influyen en la formación de esquemas sobre uno mismo. Cuando un niño recibe continuamente mensajes de humillación, rechazo o desprecio, puede acabar incorporándolos a su autoconcepto (Beck, 1979).
Y romper esa creencia puede requerir años.
El bullying también aumenta el riesgo de suicidio
Hablar de suicidio siempre resulta incómodo. Pero evitar el tema no protege a nadie.
La investigación científica ha encontrado una relación consistente entre sufrir bullying y un mayor riesgo de ideación suicida, intentos de suicidio y autolesiones, especialmente cuando el acoso es intenso, prolongado o se combina con ciberbullying.
Es importante aclarar algo. El bullying, por sí solo, no explica todos los casos de suicidio. Se trata de un fenómeno complejo en el que intervienen numerosos factores. Sin embargo, sí constituye uno de los factores de riesgo más relevantes en la población infantil y adolescente. Por eso minimizar el acoso diciendo «ya se les pasará» puede tener consecuencias muy graves. Nunca debemos esperar a que un niño «aguante un poco más».
Lo más peligroso no siempre son los golpes
Cuando pensamos en bullying solemos imaginar agresiones físicas. Pero muchas víctimas recuerdan como más dolorosas otras experiencias. Las risas. Los motes. El aislamiento. Las miradas. Los rumores. Sentarse solo todos los días. Entrar al aula sabiendo que nadie quiere trabajar contigo. La psicología lleva años demostrando que la violencia emocional también deja heridas profundas. Y, precisamente porque no deja moratones, muchas veces pasa desapercibida para los adultos. Ahí reside uno de los mayores peligros del bullying. No siempre hace ruido. A veces destruye a una persona en silencio.
El impacto alcanza a toda la comunidad educativa
Cuando existe un caso de acoso, no solo sufre la víctima. También cambian quienes observan. Los compañeros aprenden que intervenir puede tener consecuencias. Los docentes experimentan frustración e impotencia. Las familias viven con miedo. Y el clima del centro educativo se deteriora.
Por eso los expertos insisten en que el bullying nunca debe entenderse como «un problema entre dos niños». Es un problema que afecta a toda la comunidad. Y que solo puede resolverse cuando toda la comunidad decide implicarse.
¿Qué ocurre en un niño que hace bullying? La pregunta que casi nadie quiere hacerse
Cuando ocurre un caso como el de Moguer, la reacción inmediata suele ser comprensible. Sentimos rabia. Impotencia. Tristeza.
Y una necesidad de que existan consecuencias para quienes han causado tanto daño. Y deben existir.
Toda conducta violenta necesita una respuesta clara por parte de las familias, la escuela y, cuando corresponde, de la justicia. Pero hay una pregunta que muchas veces dejamos de lado. Una pregunta incómoda.
Una pregunta que no busca justificar la violencia, sino prevenir que vuelva a ocurrir.
¿Cómo llega un niño a disfrutar haciendo daño a otro?
Porque esa es, probablemente, la cuestión más importante de todas. Si solo castigamos la conducta sin comprender su origen, estaremos actuando sobre el síntoma, pero no sobre la causa. Y las causas siempre encuentran la forma de volver a aparecer.

Nadie nace siendo un agresor
Existe una idea muy extendida de que algunas personas simplemente «nacen malas». Sin embargo, la psicología del desarrollo no respalda esa afirmación.
Los niños no nacen sabiendo humillar, manipular o disfrutar del sufrimiento ajeno. Esas conductas se aprenden.
Esto no significa que todos los niños partan exactamente del mismo punto. Existen diferencias individuales relacionadas con el temperamento, la impulsividad o la regulación emocional. Sin embargo, el contexto en el que crecen sigue siendo uno de los factores más determinantes.
El psicólogo Albert Bandura explicó este fenómeno a través de la Teoría del Aprendizaje Social.
Según sus investigaciones, aprendemos observando. Observamos cómo actúan los adultos. Cómo resuelven los conflictos. Cómo hablan de otras personas. Qué comportamientos reciben atención, aprobación o poder. Y, poco a poco, incorporamos esas conductas como posibles formas de actuar. Los niños no solo escuchan lo que decimos. Sobre todo, observan lo que hacemos.
La violencia rara vez aparece sola
Cuando un niño ejerce bullying, muchas personas buscan una explicación sencilla.
«Es malo.»
«Es un matón.»
«Siempre ha sido así.»
Pero la realidad suele ser bastante más compleja. Algunos niños que intimidan a otros presentan dificultades para gestionar la frustración. Otros han aprendido que la agresividad les proporciona estatus dentro del grupo. Otros buscan ejercer el control porque sienten que ellos mismos carecen de él en otros ámbitos de su vida. Y algunos, simplemente, nunca desarrollaron herramientas suficientes para resolver conflictos de otra manera. Nada de esto elimina su responsabilidad. Pero sí nos recuerda algo fundamental:
Comprender el origen de una conducta no significa justificarla. Significa saber cómo prevenir que vuelva a repetirse.
Si un niño rompe un brazo a otro compañero, debemos proteger a la víctima y actuar con firmeza. Pero también debemos preguntarnos qué está ocurriendo para que ese niño haya llegado hasta ese punto. Porque, si no intervenimos, el problema no desaparece.
Crece.
El papel de la familia: mucho más que «educar bien»
Cuando aparece un caso de bullying, es habitual que la conversación pública señale inmediatamente a los padres. Y es cierto que la familia tiene un papel fundamental. Pero reducir todo el problema a «unos padres que educaron mal» simplifica una realidad mucho más amplia. Educar no consiste únicamente en decir:
«No pegues.»
Educar también significa enseñar con el ejemplo.
Los niños aprenden observando cómo los adultos:
- Resuelven los conflictos.
- Hablan de otras personas.
- Gestionan la frustración.
- Piden perdón.
- Reconocen errores.
- Tratan a quienes piensan diferente.
Es difícil enseñar empatía en casa si los niños crecen escuchando insultos constantes hacia vecinos, profesores, compañeros o personas que aparecen en televisión. También resulta complicado enseñar respeto si los adultos utilizan la humillación como forma habitual de corregir. Los niños aprenden mucho antes por observación que por discurso.
El peligro de justificar siempre a nuestros hijos
Existe otra situación especialmente preocupante. A veces, cuando un niño agrede a otro, algunos adultos reaccionan intentando protegerlo de cualquier consecuencia. Buscan excusas. Restan importancia a lo ocurrido. Responsabilizan a la víctima. O convierten automáticamente a su hijo en el único perjudicado por la situación. Este fenómeno no solo dificulta que el menor asuma la responsabilidad de sus actos.
También le transmite un mensaje muy peligroso:
«Lo que has hecho no es tan grave.»
Uno de los mayores actos de amor hacia un hijo no es defenderlo de cualquier consecuencia. Es enseñarle que sus actos tienen consecuencias. Y acompañarlo mientras aprende a reparar el daño causado. Proteger no siempre significa evitar el castigo. Muchas veces significa ayudarle a crecer.
Cuando el adulto protege la conducta en lugar del niño
Aquí es donde el caso de Moguer nos obliga a reflexionar como sociedad. Las menores implicadas deberán responder por sus actos conforme determine la Fiscalía de Menores y las medidas educativas que correspondan. Pero el verdadero fracaso sería pensar que todo termina ahí. Porque si como adultos respondemos justificando la violencia, minimizando el sufrimiento de la víctima o buscando únicamente exculpar a quien agrede, estamos perdiendo una oportunidad enorme de educar. No se trata de condenar a unas niñas de doce años de por vida. Se trata de impedir que una conducta violenta se convierta en una forma habitual de relacionarse con los demás.
Los menores cambian.
Aprenden.
Maduran.
Precisamente por eso, la intervención temprana es tan importante.

La empatía también se enseña
Durante mucho tiempo pensamos que la empatía aparecía de forma natural.
Hoy sabemos que necesita ser cultivada.
Los niños desarrollan empatía cuando los adultos:
- Validan sus emociones sin ridiculizarlas.
- Les ayudan a reconocer cómo se sienten los demás.
- Les enseñan a reparar el daño cuando se equivocan.
- Les muestran que pedir perdón implica un compromiso con el cambio.
- Les educan en el respeto hacia la diferencia.
La empatía no consiste únicamente en decir «lo siento».
Consiste en comprender el impacto que nuestras acciones tienen sobre otra persona.
Y esa capacidad comienza a construirse mucho antes de la adolescencia.
Castigar es necesario. Educar es imprescindible.
Existe un debate frecuente cada vez que ocurre un caso de violencia escolar.
¿Hay que castigar?
La respuesta es sí. Las conductas violentas deben tener consecuencias claras, proporcionales y educativas. Las consecuencias protegen a la víctima, establecen límites y transmiten un mensaje de que la violencia nunca es aceptable.
Pero el castigo, por sí solo, rara vez cambia una conducta.
Si un niño recibe una sanción pero nadie le enseña a gestionar la ira, la frustración, la presión del grupo o la necesidad de sentirse superior, existe un alto riesgo de que vuelva a repetir ese comportamiento. Educar implica algo más difícil. Implica preguntarnos qué necesita aprender ese menor para no volver a hacer daño. Y eso requiere tiempo, implicación y responsabilidad compartida entre familia, escuela y profesionales.
El bullying no es un problema de «otros»
Es fácil pensar que estos casos ocurren en familias distintas a la nuestra. En colegios distintos al de nuestros hijos. En ciudades lejanas. Pero la realidad demuestra lo contrario. El bullying puede aparecer en cualquier entorno.
La diferencia no suele estar en dónde ocurre. La diferencia está en cómo reaccionan los adultos cuando aparece. Porque los niños están aprendiendo constantemente. Y la pregunta no es solo qué les estamos enseñando cuando hablamos. La pregunta es qué les estamos enseñando cuando callamos.
¿Qué hacer si sospechas que tu hijo está sufriendo bullying?
Uno de los mayores obstáculos para detectar el acoso escolar es que, en muchas ocasiones, los niños no lo cuentan.
No porque no quieran ayuda. Sino porque sienten vergüenza. Porque creen que nadie les creerá. Porque piensan que serán considerados «débiles». O, simplemente, porque tienen miedo de que la situación empeore si un adulto interviene.
De hecho, muchos niños soportan el acoso durante meses antes de hablar de ello. Por eso resulta tan importante que las familias aprendan a identificar las señales. No para vivir con miedo. Sino para poder actuar a tiempo.

Señales que no deberíamos ignorar
Cada niño reacciona de forma diferente, pero algunos cambios pueden indicar que algo no va bien.
Entre las señales más frecuentes se encuentran:
- Evita ir al colegio o pone excusas constantes para faltar.
- Cambios bruscos en el estado de ánimo.
- Irritabilidad o tristeza persistente.
- Dolores de cabeza o de estómago sin una causa médica clara.
- Alteraciones del sueño o pesadillas.
- Descenso del rendimiento académico.
- Aislamiento social.
- Pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba.
- Miedo a mirar el móvil o ansiedad después de recibir notificaciones.
- Cambios repentinos en la forma de usar las redes sociales.
Ninguna de estas señales confirma por sí sola que exista bullying.Pero cuando varias aparecen al mismo tiempo, merecen nuestra atención.
La pregunta nunca debería ser:
«¿Seguro que es bullying?»
La pregunta debería ser:
«¿Qué está intentando decirme este cambio de comportamiento?»
Lo primero que necesita un niño es sentirse seguro
Cuando un hijo finalmente reúne el valor para contar que está siendo acosado, la reacción del adulto puede marcar la diferencia.
Muchas veces, con la mejor intención, respondemos con frases como:
«No les hagas caso.»
«Defiéndete.»
«Eso nos ha pasado a todos.»
Aunque buscan tranquilizar, estas respuestas pueden transmitir que el problema no es tan importante.
UNICEF insiste en que el primer paso siempre debe ser escuchar sin juzgar.
Escuchar.
Creer.
Validar.
Un niño necesita saber que no es culpable de lo que está ocurriendo.
Que no está exagerando.
Y, sobre todo, que no está solo.
A veces, la frase más importante que un adulto puede decir es:
«Gracias por contármelo. Vamos a resolver esto juntos.»
¿Qué hacer si sospechas que tu hijo está siendo víctima?
Tanto UNICEF como Save the Children coinciden en varias recomendaciones fundamentales:
1. Escucha antes de preguntar
En lugar de hacer un interrogatorio, crea un espacio tranquilo donde pueda hablar a su ritmo.
A veces una conversación durante un paseo o mientras hacéis otra actividad resulta mucho más fácil que sentarse frente a frente.
2. No culpabilices
Evita preguntas como:
«¿Qué hiciste para que te trataran así?»
Aunque no exista mala intención, pueden hacer que el niño sienta que también es responsable.
La responsabilidad siempre recae en quien agrede.
3. Guarda las pruebas
Si existe ciberbullying, es importante conservar capturas de pantalla, mensajes, vídeos o publicaciones.
No para revivir el daño.
Sino porque pueden ser necesarias para activar los protocolos del centro educativo o realizar una denuncia si fuese necesario.
4. Contacta con el colegio
Uno de los errores más frecuentes consiste en intentar resolver el problema únicamente entre familias.
Los centros educativos tienen la responsabilidad de activar los protocolos de convivencia y protección cuando existe una sospecha fundada de acoso.
La Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia (LOPIVI) establece precisamente esa obligación.
El colegio no puede mirar hacia otro lado.
5. Busca apoyo profesional si el malestar persiste
Cuando aparecen ansiedad intensa, aislamiento, síntomas depresivos o miedo continuado, puede ser necesario acudir a un profesional de la salud mental.
Pedir ayuda no significa que el niño sea débil.
Significa que no tiene por qué afrontar una situación tan difícil en soledad.
¿Y si descubres que tu hijo hace bullying?
Esta es, probablemente, una de las situaciones más difíciles para cualquier familia.
Ningún padre quiere imaginar que su hijo pueda estar haciendo daño a otros.
La reacción inmediata suele ser la negación.
«Mi hijo jamás haría eso.»
«Seguro que hay algo que no nos han contado.»
«Le están echando la culpa.»
Sin embargo, negar la realidad solo retrasa la solución.
Aceptar que un hijo ha actuado mal no significa dejar de quererlo.
Significa asumir la responsabilidad de educarlo.

Qué hacer si tu hijo ha ejercido bullying
La intervención también requiere calma y firmeza.
Los especialistas recomiendan:
- Escuchar lo ocurrido antes de sacar conclusiones precipitadas.
- Dejar claro que la violencia nunca es aceptable.
- Evitar justificar la conducta culpando a la víctima.
- Colaborar con el centro educativo.
- Ayudar al menor a comprender el impacto real de sus acciones.
- Enseñarle a reparar el daño cuando sea posible.
- Buscar apoyo psicológico si existen problemas persistentes de conducta, regulación emocional o empatía.
El objetivo no es únicamente que deje de comportarse así por miedo al castigo.
El objetivo es que comprenda por qué esa conducta nunca debe repetirse.
Porque educar no consiste solo en corregir.
Consiste en enseñar.
Un recurso que toda familia debería conocer
Muchas madres y padres reconocen sentirse perdidos cuando aparece una situación de acoso.
¿Cómo detectarlo?
¿Cómo hablar con mi hijo?
¿Qué hago si no quiere contarme nada?
Consciente de esta necesidad, Save the Children ha desarrollado un curso gratuito para madres y padres sobre acoso escolar y ciberacoso, impartido por el psicólogo educativo José Antonio Luengo, uno de los mayores expertos en prevención de la violencia en la infancia en España.
Además del curso, la organización ofrece una Guía de actuación frente al acoso y el ciberacoso para familias, con herramientas prácticas para prevenir, detectar y actuar desde casa.
Recursos como estos cumplen una función esencial: recordar que educar en la prevención también se aprende.
Y que pedir orientación nunca debería interpretarse como un fracaso, sino como una muestra de responsabilidad.
El verdadero reto no es reaccionar. Es prevenir.
Cuando un caso como el de Moguer ocupa titulares, toda la atención se centra en lo que ocurrió.
Pero la pregunta realmente importante es otra.
¿Qué podemos hacer para que el próximo caso nunca llegue a ocurrir?
Porque actuar cuando el daño ya está hecho es necesario.
Pero construir entornos donde ese daño no llegue a producirse debería ser siempre nuestro verdadero objetivo.
La era digital ha cambiado el bullying. Y todavía estamos a tiempo de cambiar nuestra respuesta.
El caso de Moguer ha conmocionado a miles de personas. Las imágenes de cuatro niñas agrediendo a otra menor mientras una quinta lo grababa provocaron indignación, tristeza y una pregunta inevitable: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?
Sin embargo, quizá la pregunta más importante no sea esa.
La verdadera pregunta es hacia dónde nos dirigimos si no actuamos ahora.
Vivimos en una generación que ha crecido con un teléfono móvil en la mano. Para los niños y adolescentes de hoy, la frontera entre el mundo físico y el digital prácticamente ha desaparecido. Lo que ocurre en el patio del colegio continúa por la tarde en un grupo de WhatsApp, en un comentario de TikTok, en una historia de Instagram o en un vídeo compartido cientos de veces. El bullying ya no termina cuando acaba la jornada escolar; en muchos casos, acompaña a la víctima las veinticuatro horas del día.
UNICEF España advierte que el ciberacoso es una de las formas de violencia que más preocupan actualmente. Su informe Infancia, adolescencia y bienestar digital (2026), elaborado a partir de más de 75.000 estudiantes españoles, muestra que el 19,2 % de las chicas y el 12,7 % de los chicos afirman haber sufrido ciberacoso durante el último año. Además, quienes lo padecen presentan mayores tasas de ansiedad y depresión, y con frecuencia también son víctimas de otras formas de violencia fuera del entorno digital. Estos datos dejan claro que el ciberbullying no es un problema diferente al bullying tradicional; es su prolongación. La diferencia es que ahora la humillación puede viralizarse, repetirse indefinidamente y permanecer en internet mucho después de que la agresión haya terminado.
Y probablemente esto sea solo el principio.
En los próximos años veremos cómo nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial generativa, los deepfakes o las herramientas capaces de crear imágenes y vídeos falsos con enorme realismo, plantearán desafíos todavía mayores. La capacidad de manipular fotografías, difundir contenido falso o utilizar el anonimato para acosar a otra persona será cada vez más accesible. Esto significa que la educación emocional y la alfabetización digital dejarán de ser un complemento para convertirse en una necesidad. No podemos esperar a que la tecnología resuelva un problema que, en realidad, tiene un origen profundamente humano.
Por eso, aunque es imprescindible exigir responsabilidad a las plataformas digitales, desarrollar protocolos eficaces en los centros educativos y aplicar las medidas legales correspondientes cuando existe violencia, ninguna de estas acciones será suficiente si olvidamos el lugar donde comienza todo: la educación.
Educar no consiste únicamente en enseñar matemáticas o lengua. También significa enseñar a gestionar la frustración, a tolerar la diferencia, a resolver conflictos sin violencia, a reconocer el sufrimiento ajeno y a comprender que el respeto no depende de la apariencia, del rendimiento académico o del número de seguidores que alguien tenga en redes sociales. La empatía no aparece de forma espontánea; se aprende. Y esa es una responsabilidad compartida entre familias, escuelas y sociedad.
Esta misma idea aparece en la charla «The Price of Shame», de Monica Lewinsky (TED). Aunque no se centra específicamente en el bullying escolar, sí ofrece una reflexión muy valiosa sobre cómo internet ha transformado la humillación pública y cómo la exposición masiva puede amplificar el sufrimiento psicológico de una persona. Su mensaje conecta directamente con una realidad que vemos cada vez con más frecuencia: hoy una agresión ya no necesita repetirse físicamente para seguir haciendo daño. Basta con que alguien pulse el botón de compartir.
Precisamente por eso, organizaciones como Save the Children insisten en que la prevención debe comenzar mucho antes de que aparezca el primer caso de acoso. Además de impulsar campañas de sensibilización, la organización pone a disposición de las familias un curso gratuito sobre acoso escolar y ciberacoso, impartido por el psicólogo educativo José Antonio Luengo, junto con una guía práctica para madres y padres. Ambos recursos ofrecen herramientas para detectar las primeras señales, aprender a intervenir de forma adecuada y comprender que la prevención no depende únicamente del colegio, sino también de las conversaciones que mantenemos en casa y del ejemplo que damos cada día.
Del mismo modo, si sospechas que un niño o una niña está sufriendo bullying o ciberbullying, es importante no esperar a que «se le pase». En España, la Fundación ANAR ofrece atención especializada a través del Teléfono contra el Acoso Escolar (900 018 018) y de su servicio de chat online, donde menores y familias pueden recibir orientación confidencial y gratuita. Pedir ayuda nunca significa exagerar; significa actuar antes de que el daño sea mayor.
En TerapIA creemos que la prevención también pasa por ofrecer espacios donde las personas puedan comprender mejor lo que sienten. Muchas veces, aprender a identificar nuestras emociones, reflexionar sobre ellas o pedir apoyo en el momento adecuado puede evitar que el malestar crezca en silencio. Por eso, además de este artículo, ponemos a disposición recursos como el Chat de Apoyo Emocional, el Diario Emocional y nuestros Tests de Autoconocimiento, herramientas diseñadas para fomentar la reflexión, el autoconocimiento y el bienestar emocional. No sustituyen la ayuda profesional cuando es necesaria, pero sí pueden convertirse en un primer paso para iniciar una conversación que muchas veces cuesta empezar.
Conclusión
Es fácil mirar el caso de Moguer y pensar que el problema son cuatro niñas.
Sería una explicación sencilla.
También sería una explicación profundamente incompleta.
Las menores deberán asumir las consecuencias de unos actos que nunca debieron ocurrir. La víctima merece protección, reparación y todo el acompañamiento posible. Ambas cosas son compatibles y necesarias.
Pero si nuestra reflexión termina ahí, estaremos llegando tarde una vez más.
El verdadero reto consiste en preguntarnos qué estamos haciendo como adultos para que un niño aprenda que humillar a otra persona puede darle poder. Qué modelos observa cada día. Cómo resolvemos nuestros propios conflictos. Qué mensajes transmitimos sobre la diferencia, la empatía o el respeto. Y qué hacemos cuando presenciamos una injusticia.
Porque el bullying nunca es únicamente un fracaso individual. Es también el reflejo de aquello que una comunidad ha permitido normalizar.
Ningún niño nace disfrutando del sufrimiento ajeno. Esa conducta se aprende a través de experiencias, modelos y contextos. Y esa es, quizá, la noticia más esperanzadora de todas: si puede aprenderse, también puede desaprenderse.
El caso de Moguer no debería recordarse únicamente por la violencia que mostró. Debería recordarse como el momento en que decidimos dejar de preguntarnos únicamente quién tiene la culpa y empezamos, por fin, a preguntarnos qué podemos hacer para que ningún niño vuelva a vivir algo parecido.
Referencias
Bandura, A. (1977). Social Learning Theory. Prentice Hall.
Beck, A. T. (1979). Cognitive Therapy and the Emotional Disorders. Penguin Books.
Kowalski, R. M., Giumetti, G. W., Schroeder, A. N., & Lattanner, M. R. (2014). Cyberbullying among youth: A meta-analysis of cyberbullying research. Psychological Bulletin, 140(4), 1073–1137. https://doi.org/10.1037/a0035618
Olweus, D. (1993). Bullying at School: What We Know and What We Can Do. Blackwell Publishing.
Shonkoff, J. P., Garner, A. S., & The Committee on Psychosocial Aspects of Child and Family Health, Committee on Early Childhood, Adoption, and Dependent Care, and Section on Developmental and Behavioral Pediatrics. (2012). The lifelong effects of early childhood adversity and toxic stress. Pediatrics, 129(1), e232–e246. https://doi.org/10.1542/peds.2011-2663
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Save the Children España. (s. f.). Acoso escolar (bullying): prevención, actuación y recursos para familias. https://www.savethechildren.es/donde/espana/violencia-contra-la-infancia/acoso-escolar-bullying
Fundación ANAR. (s. f.). Teléfono y Chat contra el Acoso Escolar. https://www.anar.org/telefono-chat-del-acoso-escolar/
Lewinsky, M. (2015). The Price of Shame [TED Conference]. https://www.ted.com/talks/monica_lewinsky_the_price_of_shame
Guardia Civil. (2026). Investigación por la agresión entre menores en Moguer (Huelva). (Información remitida a la Fiscalía de Menores y recogida por distintos medios nacionales).
El Mundo. (2026, 28 de julio). Identificadas varias menores tras una brutal agresión a otra niña en Moguer (Huelva): «Espérate que vamos por partes, no te vayas que terminas peor». https://www.elmundo.es/andalucia/2026/07/28/6a687531e9cf4aa67b8b458f.html